miércoles, 26 de septiembre de 2012




El cuerpo conserva entre otros la memoria de los golpes, tanto físicos como emocionales. El cerebro registra al mismo tiempo el sufrimiento del cuerpo y la emoción. Todo se inscribe en nuestro inconsciente psíquico y físico: 
  • la genética: diabetes, alergias, psoriasis, asma, enfermedades autoinmunes;
  • la vida fetal: carencia, infección, malformación, lesión mecánica in útero;
  • las vacunas: reacciones alérgicas...
  • las infecciones contraídas durante la vida;
  • los traumatismo físicos: caídas, fracturas, esguinces, intervenciones quirúrgicas, accidentes;
  • los traumatismos psicoemocionales: tienen relación con la familia, la educación, los amigos, la pareja (divorcio, separación, agresión, etc.);
  • los traumatismos sociales: desempleo, inseguridad, problemas socioprofesionales;
  • la contaminación, la mala dieta alimentaria, etc.
Los golpes dejan marca. Los golpes emocionales negativos, como el miedo, la tensión, el estrés, la frustración, la cólera o la culpabilidad, transitan por el cerebro, que hacer repercutir la información adonde puede, y los órganos son un excelente receptáculo. Las emociones que intervienen en la zona de lo excesivo, de lo demasiado o de lo no suficiente, nos golpean los órganos. Según la fuerza del golpe, nuestras defensas pueden aguantar, vacilar o caer claramente.



El inconsciente puede memorizar un accidente en dos milésimas de segundo. Las heridas se van, se curan, pero el miedo tiene un itinerario, del cerebro al órgano, que no se controla. Sigue su camino, impregnando el inconsciente de los menores recuerdos ambientales: el olor, el ruido, el movimiento, la agitación o la inmovilidad, el silencio pesado. Como consecuencia de un accidente, el órgano puede desarrollar una infección urinario o pulmonar reincidente. A la largo, ésta puede dar lugar a una fragilidad del órgano afectado, que se volverá más receptivo al estrés futuro.

El órgano tiene memoria. Almacena las emociones, listo para materializarlas, en caso de un nuevo estrés, en forma de una enfermedad. Ocultamos siempre, en el fondo de nosotros mismos, miedos reprimidos. Los hombres han olvidado sus miedos ancestrales que, en tiempos del Neolítico, los mantenían vigilantes frente a las agresiones de la naturaleza: el miedo al fuego, a la tormenta, a los animales salvajes, a la muerte. Después, encontraron otros que, con la complejidad y la sofisticación de las costumbres, se volvieron más insidiosos.



El cerebro es el vínculo indisociable entre el cuerpo y la mente. Los ritmos biológicos, circadianos (del sol), mensuales (lunares) y estacionales que, inconscientemente, gobiernan al individuo, transitan por el cerebro antes de influir sobre el funcionamiento del cuerpo.

Hay unos 100.000 km de nervios que permiten comunicar a todo el cuerpo entre sí. Estos finísimos cables desembocan en dos centrales: la médula espinal y el cerebro. Además, a cada nervio le corresponde una arteria. Así pues, tenemos 100.000 km de arterias que también recorren nuestro cuerpo.


El cerebro es el gran ordenador de la somatización, una manera sana de liberarse de los trastornos psíquicos. El cerebro recibe tanta información que no puede almacenarla toda sin daños. Con los cinco sentidos puede recibir alrededor de 10.000 millones de informaciones por segundo. En caso de peligro, 100 millones de estímulos suplementarios lo asaltan instantáneamente. Por suerte, toda esta información que se atropella, se somete a una selección de una estructura nerviosa llamada Formación Reticular. La somatización es el vertido de exceso de emociones a nuestros órganos. En la medida que es aceptable y no pone en peligro nuestra vida, la somatización es un fenómeno saludable, que nos permite mantenernos en buena salud mental.

No es interrogando a la persona como se encuentra el problema, sino interrogando al cuerpo e interpretando sus mensajes. Articulaciones, músculos y ligamentos tienen centros nerviosos comunes con los órganos. La irritación de un órgano puede provocar un problema articular. Lo contrario también es cierto. Un problema articular puede desencadenar un problema visceral.



Las agresiones morales y los traumatismos psicológicos generan una brecha en nuestra muralla, la piel. Hay una memoria que se manifiesta en profundidad en nuestro cuerpo. El primer blanco será nuestro "eslabón débil", nuestro punto sensible. Puede ser la espalda, el hígado, el intestino... Por otra parte, del cuerpo emanan señales electromagnéticas que constituyen alrededor de la piel otra muralla, invisible y sutil.



Cuando sentimos una emoción reaccionan nuestros órganos. Son extremadamente receptivas a nuestras emociones y sentimientos. Es así como las emociones "toman cuerpo". En general, a las pequeñas contrariedades reaccionan la vesícula y el plexo solar (boca del estómago). El intestino y el hígado son los grandes "almacenes" de las emociones.
Asimismo, la reacción del órgano induce algunos de nuestros comportamientos. Por ejemplo, el intestino se relaciona con la rigidez psíquica y la fobia por la limpieza.


Cada individuo posee su eslabón débil, un órgano más vulnerable que los demás, blanco privilegiado del estrés. Lo es a menudo por transmisión genética o a causa de una forma de vida perjudicial (ej. una mala cena, produce un daño en el hígado).

En el vasto mundo de las emociones, cada víscera tiene su terreno predilecto. Algunos ejemplos:

- el hígado, es sensible a todo lo que afecta a la unicidad del ser, al yo profundo;

- el bazo y el páncreas se debilitan en caso de emociones intensas, intolerables y súbitas, como el fallecimiento accidental de un ser querido;

- en la mujer, los pechos reaccionan ante los problemas familiares, ante la falta de estabilidad y afecto. Pueden congestionarse, volverse dolorosos, desarrollar quistes o tumores;

- en el hombre, el estómago se hace eco de la vida social. Es el receptáculo de las tensiones generadas por nuestros enfrentamientos con los demás;

- frente al estrés, algunos órganos, como los bronquios, el estómago, la vesícula y el intestino, están sujetos a espasmos. En otros, como los riñones, lo que se contrae esencialmente es el sistema vascular y el excretor, lo cual da lugar a una disfunción del propio organismo.

Como una onda de choque, el estrés propaga sus resonancias a diferentes partes de cuerpo.

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